Tomy, el primer autista de Canarias

CANARIAS/ SOCIEDAD 
Por Marisol Ayala (Visita su Web)
Flory y su hijo Tomy
Su mamá, recelosa de los centros, le edificó un mundo feliz.
Gomeraactualidad.com/Marisol Ayala.-Para que le diagnosticaran su autismo, su madre, canaria, tuvo que viajar en 1974 a Francia; en España los médicos sólo reconocían que el niño tenía un comportamiento extraño. Su mamá, recelosa de los centros, le edificó un mundo feliz. Estoy muy orgullosa de este reportaje y de mi amistad con Flory, su madre.

Cuando el 6 de enero de 1972 Tomy Sauca Díaz vino al mundo su madre, Flory Díaz Sosa, era una mujer joven, llena de vida y proyectos. Finalizaba los estudios de Filología Inglesa y trabajaba como profesora en el Instituto Alonso Quesada de Las Palmas, que más tarde simultaneó con otro centro en Teror dada la escasez de profesores de inglés en esa época. Tomy había tocado inesperadamente en la puerta de su vida y el portal se abrió de par en par.

Un matrimoniofugaz le dejó a Flory un único recuerdo grato, su bebé. En ese momento la vida de esta mujer no distaba mucho de la vida de tantas otras mujeres que trataban de sacarle el máximo partido. Sin embargo, la llegada de Tomy iba a dar un vuelcoespectacular a su existencia. Aconsejo al lector que no pierda de vista que esta historia arranca en los años setenta, tiempo en los que España vivía un gran atraso, social y médico-sanitario.

“Yo llevaba al niño al instituto y allí, entre clase y clase, lo atendía con la ayuda de algunas compañeras. No nos despegábamos uno de otro, pero enseguida comencé a observar en mi Tomy actitudes que resultaban extrañas, raras… ¿Por ejemplo?, pues que cuando lo dejaba en la cuna hacía gestos raros, como mirarse las manos largo rato y o hacerlas girar… Yo tampoco sabía qué le hacia llorar, ni qué le hacía reír. 


Recuerdo que me quejaba con mis hermanos que son médicos, Bartolomé y Loli, y les decía que el niño tenía algo…”. Flory cuenta que en su desconcierto por saber qué le ocurría llegó a pensar que su bebé era sordo o ciego o mudo: “Le hacía ruidos y ni se inmutaba; le llamaba y no contestaba y si le mostraba un juego de colorines, no los miraba. 


Entré en una carrera de descartes, eliminando cosas intentando averiguar qué le pasaba. Encima, cuando lo llevaba a los médicos me decían que Tomy era un chiquillo saludable, pero, no, no, yo veía algo que ellos no percibían. Recuerdo que una vez un psiquiatra que le hizo algún estudio me dijo ‘ojo, éste niño puede tener algo…’, pero nunca pronunció undiagnóstico“.

En esa angustia y en vista de que en Canarias no había quién le dijera qué enfermedad padecía el niño, alguien le recomendó acudir a un psiquiatra, en Bilbao, y allá se fue Flory con su hijo en brazos.

Éste, tras estudiar someramente a Tomy se sentó frente a la madre y sentenció: “Tú lo que tienes es un loco. Eres una mujer joven, ingrésalo en un centro y vive la vida”. Ella se enfadó tanto que no le pagó la consulta, dio un portazo y desapareció. Precisamente en Bilbao alguien le habló a su vez de Ajulia Guerra, un psiquiatra vasco, exiliado en San Juan de Luz (sudoeste de Francia) que gozaba de mucho prestigio.


“SU HIJO ES AUTISTA”. “Cuénteme qué observa en el niño”, interrogó a Flory. A los pocos minutos le dijo que saliera a dar un paseo y le dejara solo con el bebé. La mujer no sabía que estaba a punto de escuchar por primera vez el término autismo: “Bien… su hijo es autista y eso no se cura”, le dijo. “Debe recibir educación especial y yo tengo un centro especial en Bruselas, si quiere lo deja allí, se vuelve a Las Palmas y viene a verlo cada poco tiempo”. Pero Flory no fue capaz de separarse de su hijo, que por entonces tenía tres años. “No pude…”, dice emocionada aún hoy.

Por esas fechas, alguien le dio un sabio consejo, teniendo en cuenta la época y la ausencia de información sobre cualquier enfermedad neurológica, entre las que esta encuadrado el autismo: “Mete al niño en un colegio con chicos normales y no le digas a nadie que es autista; si lo matrículas en otro, será muy perjudicial para él”. Dicho y hecho. Sin embargo el comportamiento de Tomy puso de manifiesto que precisaba otro tipo de atención.

De esa época tiene Flory muchos recuerdos dolorosos y algunos alegres, los primeros guardan relación con la indiferencia con la que el niño la recibía cuando iba a recogerlo a la guardería. Pero un día, ¡uf!, Flory se llevó la alegría de su vida: “Le dije lo que todas las madres le decimos a los niños en la puerta del colegio cuando los vemos, ¿quién es mi niño?, y esa vez para mi sorpresa salió corriendo y me abrazó. Fue muy emocionante y eso solo las madres que han vivido esta angustia lo comprenderán”.

La situación laboral de Flory era complicada y de no haber sido por su padre que le ayudó a cuidar al chico se le hubiera complicado más aún, pero acabó buscando un centro especial para ingresarlo y para que recibiera el aprendizaje adecuado. Le hablaron de un centro que llevaban sacerdotes en La Palma, y allí ingresó a Tomy mientras ella trabajaba en Gran Canaria y viajaba cada quince días para verlo. En una visita observó en el chico, ya adolescente, huellas de maltrato. “Nunca quise hablar de esto, pero lo abandonaron y a pesar del dineral que pagaba, eso sirvió de poco. Cómo sería que el niño casi pierde la nariz de golpearse incontroladamente con el grifo del agua. Terrible”. Todo indica que fue a partir de ahí cuando la vida de Tomy cambió porque desde esas fechas su madre decidió que lo que estaba pagando en centros de dudoso funcionamiento, lo invertiría en ayuda educativa en su casa para que lo atendieran y, a su vez, tener la seguridad de que el buen trato y el mimo estaba garantizado. Así, desde hace mas de 15 años.


G/Ac.com Articulo de Marisol Ayala y publicado en marisolayala.com

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